Giro la cabeza mirando al despertador y lo apago antes de que  suene.

Como siempre, a las siete de la mañana. Llevo un par de horas despierto, tumbado sobre la cama sumido en mis pensamientos sin conseguir dormir lo necesario, escuchándola respirar mientras duerme. Como casi siempre estos últimos meses.

Me giro en la cama y la beso en el cuello. Mi mujer aún duerme y no tengo ganas de despertarla. La dejo soñando. Siempre ha tenido una facilidad increíble para dormir. Y a mí siempre me ha encantado observarla hacerlo. Tranquila. Casi muerta si no fuera por el movimiento de su pecho al coger aire. Madre mía, cómo la quiero. Me incorporo, sentándome en la cama. A tientas busco el pantalón de mi chándal y me lo pongo. Me levanto y voy al servicio. Tras mear y lavarme la cara, observo mi reflejo en el espejo mientras me lavo los dientes. Ya casi ni me reconozco. Estoy adelgazando y se me marcan los pómulos. La luz del baño, crea un macabro juego visual en el que parece que es una calavera quien se está limpiando la dentadura. Frotando. Haciendo sangrar las encías. Parece que se me escapa la vida. Y es que llevo bastante tiempo sin dormir bien. Incómodo. Agobiado por los pensamientos. Puta Crisis. Acabo de cepillarme, me enjuago y me vuelvo a echar agua refrescante en la cara. Me seco con la toalla y me peino hacia atrás. Escupo en el servicio y tiro de la cadena. Vuelvo a la habitación y me visto a oscuras. Me siento en la cama, y girándome sobre mi eje beso a mi mujer en un hombro antes de irme. Ella se medio revuelve y entreabre los ojos.

– Ummmmmmmmmmm (se despereza) buenos días. -Me dice.
– Hola nena. -La susurro sonriendo.
– Qué temprano…….ehhhh te marchas, ya? (me dice con sus ojos entreabiertos)
– Ujum (garraspeo), si, como todas estas mañanas, lo tengo que volver a intentar……
– Nooooo, quédate, quédate hoy con nosotros……….

La acaricio la cabeza sonriéndola y la digo que no puedo, la beso en la frente y la insto a que vuelva a dormir. Me sonríe y cierra los ojos para coger aire y soltarlo con profundidad. Relajada.

Me dirijo a la habitación de los niños. Está prácticamente a oscuras. Aunque está empezando a amanecer y comienza a filtrarse claridad por los pequeños agujeros de la persiana. Lo suficiente para poder acercarme al espacio entre sus camas. Les observo, continúan durmiendo. Hoy no tienen cole y lo saben. Por eso quizá duermen tan plácidamente. Tan felices y tranquilos. Sin saber nada de lo que nos pasa en realidad. Me agacho y les beso. Primero a uno. Después a la pequeña. Mi angelito. Los cojo a los dos en brazos y los llevo con su madre. Los meto en la cama y los arropo a los tres.

Mirándolos, casi me pongo a llorar.

Bajo las escaleras, cojo las llaves de casa y salgo a la calle. Miro al cielo, la claridad le va ganando terreno a la oscuridad de la noche. Está despejado y presiento que va a hacer un buen día. Espero que soleado. Como todas las mañanas, recorro el espacio hasta la cerca que da a la calle. Ayer recogí el correo a última hora de la noche y no debe de haber todavía. Con lo que ni miro el buzón. Como todas la mañanas, salgo a buscar trabajo. Pero hoy no sé que me pasa que el ánimo no me acompaña. Debe de ser por la falta de sueño pero me noto super cansado físicamente. Hoy, voy andando al centro de la ciudad. Tampoco vivimos muy lejos, la verdad, no voy a cansarme mucho más. Cada vez con más frecuencia me siento como un marginado en estas calles inmensas. La luz dorada se empieza a filtrar en esta mañana de Otoño. Cada vez veo más caras. La gente empieza a salir de sus casas y la ciudad empieza a despertar. Veo caras pero nadie me reconoce a mí. Camino y camino. De un lado para otro. Buscando las energías que me hagan tener algo más de esperanza y fuerza para buscar un trabajo con el que subsistir. Con el que mantener a mis pequeños y darles una oportunidad. Busco las fuerzas, en serio, pero hoy no las encuentro. Con una pizca de desánimo, me suenan las tripas. Decido ir a un veinticuatro horas a comprar algo para desayunar. Rebusco en los bolsillos de la cazadora. En uno, la correspondencia que recibimos ayer. En el otro, unas monedas. Me reconforta saber que me llegan para una litrona.

Caminando por esta Metrópolis, encuentro una tienda rápidamente. Entro y saludo al empleado tras el mostrador. Camino por los pasillos abarrotados de mercancía. Un arco iris de color consumista. Siempre me ha resultado una estampa muy bonita. Me dirijo rápidamente a las neveras gigantes y cojo la primera cerveza que pillo. Está fría. Servirá. El dependiente mete la litrona en una bolsa marrón, le pago y me despido cortésmente.

Sonriéndole. Le deseo los buenos días y me largo.

Continúo andando. Más como un fantasma que como un hombre. Ensimismado en mis pensamientos, levanto la vista y veo uno de los parques de la ciudad. Lo siento por la búsqueda, lo siento por el futuro, pero hoy no tengo ni fuerza ni ganas de intentarlo. Decido que ya sé dónde voy a pasar la mañana. Me dirijo hacia el. Me adentro en el parque y busco un banco. Me siento y abro la bebida. Sigue fría. Me reconforta en cierta manera. Aunque estemos en pleno Otoño, hoy hace un día espléndido. Soleado y frío. Comienzo a observar lo que me rodea. Parejas paseando, ancianos sentados en bancos como yo, niños jugando. Inevitablemente, comienzo a pensar en mi familia.

En mi.

Me veo aquí. Pasada la cuarentena, con las fuerzas flaqueando y sin futuro. El periódico donde trabajaba cerró hace ya tres años. Dejándonos a todos en la calle. Sin una razón. Sin ninguna explicación. De un día para otro, las oficinas cerraron y todo comenzó a derrumbarse. Después de todo el esfuerzo. Después de años de noticias e información. Todo el esfuerzo realizado y el sudor derramado, por los suelos. Tres años desde ese momento en el que te ponen al borde del precipicio. Irremediablemente. Mirando al vacío, sentado en el parque, reflexionando en todo esto, vuelvo a meter la mano en los bolsillos y la noto. La carta. La recogí ayer del correo y no he dejado de pensar en ella. Dubitativo, me noto jugueteando con el fino papel entre mis dedos. La saco del bolsillo de la chaqueta, la abro y la vuelvo a leer. De nuevo vuelve a dar miedo. A mí, me vuelve a dar miedo a mí. Se me vuelven a humedecer los ojos….

          Muy señor mío,
Por la presente, nos dirigimos a Vd, para comunicarle que, tras haberse comprobado que no se han satisfecho por su parte las cuotas relacionadas con la hipoteca del domicilio del que es usted titular, se procederá al obligado DESHAUCIO pasados sesenta días desde la notificación presente.
                                                                  Sin otro particular,
                                                            Reciba un cordial saludo.

Esto fue lo que leí anoche. La carta que me asustó. Y es que, hemos conseguido sobrevivir con el poco ahorrado durante estos tres años, pero eso se ha acabado. Yo no encuentro nada, ningún trabajo. Y mi mujer tampoco. La echaron también con el cierre del periódico y tampoco encuentra trabajo. Y no podemos hacer nada más. Ya llevamos seis meses sin pagar la dichosa hipoteca. Y ya no me lo creo. No me creo cómo hemos llegado a esta situación. No quiero desesperarme totalmente porque no sé lo que sería capaz de hacer por mi familia. Bueno, quizá sí que lo sepa pero en realidad, “no” quiero hacerlo.

Todo podría acabar…podría ser nuestro fin.

Ensimismado en mis pensamientos, y sin parar de beber sorbos de la cerveza fría, me agrada encontrar un resquicio de esperanza. Y es que, aunque todo esté perdido, siempre podré coger a mi mujer y a los niños para volver a casa de mi madre. Al campo. Ella nos acogerá y tendremos que sobrevivir. Fuera de esta ciudad. Fuera de esta sociedad deshumanizada. Los pensamientos se cruzan en mi cabeza. Me doy cuenta de que miro la carta pero no la leo. Para qué. Es como una puñalada. La estrujo y me la guardo en el bolsillo de la chaqueta. Me recuesto un poco más en el banco. El sol se filtra entre las ramas de los árboles y me pierdo viendo los dibujos que hacen las sombras sobre el suelo.

En días cómo hoy, me pregunto de qué sirve ser un héroe. ¿Qué valor tiene? ¿Qué significa arriesgarte por y para la sociedad? Trabajar hasta la extenuación. Sufrir como ninguna otra persona ha sufrido. Para que luego ésta, la sociedad, te de la espalda. Se la sudes tú y tu familia y te acabe echando. ¿De verdad no sirve de nada todo el sudor, la sangre y las lágrimas que he derramado?

¿No os he ayudado?

Aparecí entre vosotros, y en un primer momento, entre terror y desconcierto, disteis el paso y me acogisteis. Cumplí años con vosotros. Crecí como uno más. Sintiéndome uno más. Cuando descubrí mi naturaleza y me mostré de nuevo ante vosotros, volvisteis a acogerme. Otra vez demostrando lo increíblemente comprensivos que sois. Os ayudé con todo mi esfuerzo, con todas mis energías. Creo que sabéis que siempre he hecho todo lo que he podido. Todo lo que ha estado en mis manos. Y hemos salido victoriosos ante todas las adversidades. Juntos. Pero ahora, ¿Qué? ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Qué ha ocurrido para este cambio? Le doy vueltas y me decepciona descubrir que no soy más que otro número. Otra tuerca de esta inmensa maquinaria social. Una tuerca reemplazable cuando ya no sirve más. Cuando ya no puede pagar más.

Desconecto de estos pensamientos por un momento y me veo en el parque. Sentado en un banco con una litrona a mi lado. Cerrando los puños y apretando los dientes. Sin comprender. Ofendido. Resignado en el fondo. Cojo la cerveza y me acabo la botella de un trago. Vuelvo a mirar al frente y decido levantarme e irme de este lugar. Volver con mi familia. Vuelvo caminando. Intento dejar la mente en blanco. Camino y Camino. Al rato llego a mi casa. Abro la puerta y entro. La siento acogedora, como siempre que llegaba cansado del trabajo. Al ratito, los pequeños se me acercan y me abrazan las piernas. Jugueteo con el pelo de sus cabezas. Les retiro, me agacho y les beso. Miro a la cocina y busco a mi mujer Lois. Me acerco a ella y la beso. La abrazo.

– Qué tal la mañana Clark? Me pregunta sonriente….
– Como siempre. Digo sin mirarla. -Tardé más porque fui andando. Hoy tampoco tenía ganas de volar…

De qué sirve ser un héroe.

Fin.

Roberto Guillén.