Sólo recuerdo aquel pequeño sonido antes de todo. Un pequeño “click” tras el que sólo hubo vacío. Creía que estaba bien acoplado pero, sin que pudiera hacer nada, me separé del módulo espacial de exploración. Intenté agarrame a cualquier estructura de la nave, pero la atracción en seguida comenzó a absorverme. Estábamos estudiando las propiedades del IC10X-1. El gran Agujero Negro. Monstruoso. Oscuro. Sin poder hacer nada, sin ayuda, no tuve más remedio que dejarme llevar. Sabía que estaba a punto de morir. Me iba a convertir en el primer astronauta en ser engullido por una “masa” en otra galaxia. No estaba preparado para esto. Sólo era capaz de ver extrañas emanaciones de luz anaranjada. El resto era negro. A través del traje, notaba el frío de la oscuridad. De la muerte. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Los cerré y me acordé de ella. Mi mujer. Esperándome en casa. Tan lejos. Tan cerca. De repente, empecé a temblar incontrolablemente. Estaba ocurriendo. Iba a morir. Lo sabía. Me convertiría en pasto negro. Era el fin. Y nadie te prepara para esto. Cerré los párpados, las muelas me dolían de apretar, todo vibraba a mi alrededor, sin parar. Hasta que todo terminó. Repentinamente. Y volvió la tranquilidad. ¿Habría muerto? Tenía que descubrirlo. Abrí los ojos y la claridad me cegó. Cuando recuperé la visión me desmayé tras ver su cara. Estaba en mi casa. Junto a ella. Había vuelto.

Agujero Negro.

Fin.

Roberto Guillén.